Todos vivimos en mundos muy pequeños. Y casi todos lo sabemos. Algunos, no obstante, se creen que su mundo particular es más importante que el resto. Estos suelen ser personas convertidas en personajes, incluso en caricaturas, que han perdido el rumbo de lo que algún día fue su vida. Mi mundo ha cambiado desde hace casi un año y medio. No solo por el nacimiento de mi hija, que influye, sino porque hace más de 16 meses que no trabajo en equipo. Ni jefes ni compañeros, ni broncas ni risas. Mi pequeño mundo se desvaneció. Tengo uno nuevo y, debo decirlo, mejor.
Todos aprendemos de los mundos en los que vivimos. Ahora mismo, he aprendido que soy una persona más fuerte, más independiente y más libre que hace meses. Soy menos personaje y más persona. Quizás sea menos interesante para los demás, pero me siento mucho más interesante para mí misma. Y eso, al fin y al cabo, es lo único que debería importarnos.
El 25 de abril de 2012 viajé a Madrid para firmar mi finiquito con El Mundo. La empresa se ha portado conmigo como parece que no se está portando con mis antiguos compañeros. Sin obligación y en contra de sus intereses, la compañía accedió a despedirme e indemnizarme, a dejarme volar libre. La libertad parece un concepto absurdo en estos momentos en los que un empleo se valora más que cualquier otra cosa. Error. Tener un trabajo es fundamental, cierto, pero tener un trabajo que te roba la vida no es necesario. Ahora, 15 años después trabajar como periodista en una redacción me he dado cuenta que me he perdido muchas cosas. Volveré a trabajar, que nadie lo dude, pero lo haré como y cuando yo considere.
Ser periodista y ser persona es, a veces, incompatible. En mi caso lo fue durante demasiado tiempo. Recuperé mi vida y perdí mi trabajo. Y ahora me estoy redescubriendo. Me gusta ir al cine, al teatro, a exposiciones y conciertos. Me gusta ir a correr con mi marido. Me gusta poder quedar para comer con la familia y alargar la sobremesa. Me gusta llegar a una cena de los primeros y poder tomarme una caña antes de que llegue todo el mundo. Me gusta poder planear un viaje a Madrid y pasear mi otra ciudad a unas horas en las que casi nunca estaba en la calle. El cielo de Madrid es demasiado bonito para verlo solo desde la calle San Luis.
Cierro este cuaderno buscando las cosas buenas de no tener trabajo, que las hay, y son muchas. Cierro este cuaderno porque no quiero seguir nadando en la autocompasión. "Ay, las tentaciones de la autocompasión", escribe Jonathan Franzen en Libertad. "Tan placentera para ella, tan irresistible era que no podía evitar expresarla". Sigue: "¿De dónde salía esa autocompasión, en cantidad tan desproporcionada? Se mirara como se mirase, llevaba una vida de lujo. Todos los días disponía de la jornada entera para concebir una manera aceptable y satisfactoria de vivir, y sin embargo lo único que parecía sacar de todas sus opciones y toda su libertad era más desdicha. La autobiógrafa casi se ve obligada a extraer la conclusión de que se compadecía de sí misma por ser tan libre".
No soporto la autocompasión en los otros, menos la soporto en mí misma. Quería escribir un blog para que quienes no saben lo que es estar en paro lo supieran. Quería sacar la mierda de dentro para poder seguir respirando. Nada de lo que he escrito es exagerado, ni mentira, ni siquiera autocompasivo. Es estar en paro.
Cierro porque ofrecer mi dolor a los demás era desnudarse demasiado; muchos lo han entendido, lo han incluso celebrado, otros, sin embargo, lo han despreciado. El dolor propio es siempre aceptado, porque en nuestros pequeños mundos nosotros somos lo más importante. El dolor ajeno, ah, eso ya es otra cosa. Y si llega de otro pequeño mundo, de ese otro pequeño mundo que está peor que tú, que tiene más de persona que de personaje, entonces ese dolor apesta.
Cierro, como he dicho. Y lo hago con otra cita del mismo libro, Libertad. "Su existencia ahora desprendía un fuerte tufo a dolor, ese dolor atroz del que es mejor mantenerse a distancia; ese dolor perdurable que, como todas las formas de locura, resulta amenazador, posiblemente incluso contagioso".
Pues eso.
Me llamo Silvia Taulés y soy periodista. Debería matizar: era periodista. Ahora soy una mujer de 38 años, madre, casada y en paro. Debería matizar: soy una estadística más.
lunes, 21 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
R-E-S-P-E-C-T
Con todo el cariño del mundo, mi amiga Mireya me dijo hace poco que tenía que cerrar este blog, que me denigraba y me faltaba el respeto a mi misma. Le respondí que usaría sus palabras para escribir un post. Ella asegura que son muchos a los que el blog desagrada; que es demasiado triste, deprimente, que no aporta soluciones y que debería cambiar el rumbo de mis pensamientos. Tiene razón, aunque la realidad es tozuda y va en otra dirección. En dirección contraria.
Hace un mes tuve una entrevista de trabajo (en seis meses he logrado que me citaran dos veces). El tipo con el que quedé hablaba como un charlatán, me llamó nena, cariño, reina y guapa varias veces, y a pesar de todo acudí a la cita. Llovía, hacía frío y yo estaba de mal humor. No importó, me maquillé, me pasé el secador y la plancha por el pelo, traté de vestirme de otro color que no fuera negro y forcé la mejor de las sonrisas mientra cruzaba el vestíbulo del Hotel Colón. Tras una hora larga de parloteo, supe que yo iba a ser la jefa de la sección de internacional de nuevo periódico que mi querido amigo iba a sacar para mostrar su indignación con el mundo. Se trataba de escribir unas diez páginas a la semana, reina. Me daba toda la confianza para decidir los temas, que tu eres lista, guapa, y de la opinión se encargaba él. Había que tratar las historias con profundidad, pero sin complicaciones, para que lo entendiera todo el mundo sin aburrir, cariño. Buscar temas propios, enfoques diferentes, buenas fotos y mejor diseño.El trabajo parecía interesante, con un jefe loco y algo indocumentado (no sería el primero), pero con posibilidades de aprender y desarrollar mi experiencia.
Sí: 400 euros brutos al mes. Los impuestos te los pagas tú, guapa.
Y luego me hablan de respeto.
Hace un mes tuve una entrevista de trabajo (en seis meses he logrado que me citaran dos veces). El tipo con el que quedé hablaba como un charlatán, me llamó nena, cariño, reina y guapa varias veces, y a pesar de todo acudí a la cita. Llovía, hacía frío y yo estaba de mal humor. No importó, me maquillé, me pasé el secador y la plancha por el pelo, traté de vestirme de otro color que no fuera negro y forcé la mejor de las sonrisas mientra cruzaba el vestíbulo del Hotel Colón. Tras una hora larga de parloteo, supe que yo iba a ser la jefa de la sección de internacional de nuevo periódico que mi querido amigo iba a sacar para mostrar su indignación con el mundo. Se trataba de escribir unas diez páginas a la semana, reina. Me daba toda la confianza para decidir los temas, que tu eres lista, guapa, y de la opinión se encargaba él. Había que tratar las historias con profundidad, pero sin complicaciones, para que lo entendiera todo el mundo sin aburrir, cariño. Buscar temas propios, enfoques diferentes, buenas fotos y mejor diseño.El trabajo parecía interesante, con un jefe loco y algo indocumentado (no sería el primero), pero con posibilidades de aprender y desarrollar mi experiencia.
Sí: 400 euros brutos al mes. Los impuestos te los pagas tú, guapa.
Y luego me hablan de respeto.
martes, 17 de abril de 2012
Cuando el demonio viene y te come las entrañas
Por Sergio Heredia
A veces, algunas veces en la vida, el demonio viene y te come las entrañas. A veces lo ves venir. No siempre.
Hace dos años, cuando me preguntaban cómo me iba, sólo atinaba a dar una respuesta: “Mejor no me puede ir, y no sé si me gusta: significa que sólo me puede ir peor”.
¿Y bien? Silvia y yo nos acabábamos de casar, ambos teníamos sendos trabajos sólidos, bien considerados y bien remunerados. Esperábamos a Julia, nuestro bebé. Vivíamos en Madrid y conservábamos nuestra casa en Barcelona. Éramos jóvenes. Nos iba bien…
¿Y bien? Así somos: cuando las cosas van tan bien, te entra el vértigo. Viene el demonio y te come las entrañas.
Todo vino de un tirón, que es como vienen las cosas malas. Se rompió la olla. El traumático regreso a Barcelona trajo consigo la incertidumbre y el remordimiento. De repente, teníamos un bebé mientras Silvia perdía el trabajo. De repente, todo el peso del plan perdía una pata y se quedaba sobre una única columna. La mía. Y, claro, algunos asuntos aparecían en escena. Reproches y disputas familiares impensables en otro momento e irreproducibles en este, por mucho que este sea un blog concebido para quitarnos las caretas. Insomnio. Un nudo en el estómago y una caída generalizada del cabello. Las canas en la barba. La sensación de que todo se puede ir al garete ahora, justo ahora que hemos tenido un bebé.
A partir de aquí, se asoma el miedo. Las cosas ya no van tan bien, sino más bien regular, y desde luego que esa tampoco es una buena perspectiva. Porque todavía pueden ir peor. El demonio en las entrañas está ahí, recordándomelo.
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martes, 10 de abril de 2012
Luego te arrepentirás
Es perverso para todos. Pierdes tu empleo y todo el mundo quiere animarte. Pero lo cierto es que nadie puede hacerlo. ¿Qué sucede a tu alrededor?
Los compañeros de profesión, en este caso periodistas, comprenden mejor que nadie la magnitud de la tragedia. Así que la mayoría da la callada por respuesta. Algún lo siento, algún saldremos adelante, y poco más. Casi ningún periodista de este país tiene el trabajo seguro en estos momentos. Evadirse ante el dolor ajeno es lo más sensato.
Tu familia responde con cierto miedo. No saben bien qué decir. Normal. Mis hermanas no lo han tenido fácil. La que vive en Berlín vive en Berlín precisamente porque aquí no había trabajo. Era joven, tenía tiempo e ilusión por delante. Ya tiene lo que quería. La pequeña lo ha pasado peor; con la profesión por concretar, ha dado tumbos hasta encontrar su lugar (lo de dar tumbos es, además, literal, porque durante los dos años que pasó en el paro se pilló unas borracheras históricas). Mis padres pasaron de la gloria, la riqueza y el poder a una vida sencilla apartada de grandes lujos. Algo que mi madre no ha superado, lo que provoca ciertos temporales que mi padre capea como puede. Con este panorama, mi familia se ha enfrentado a mi paro sin saber bien qué decir. Normal. Yo era la que tenía la vida resuelta, según ellos, así que mi problema les ha pillado desprevenidos. Mi madre dice que vuelve a no poder morirse tranquila. Normal.
La familia de mi marido ha sido la que ha visto más ventajas a mi situación. Sin tener conocimiento de lo que me ha costado llegar hasta donde había llegado, muchos consideran que estar en casa cuidando de mi marido y mi hija es algo que tampoco está tan mal.
Eso lo piensa casi todo el mundo. Al menos, es lo que me dicen. “Aprovecha para cuidar a tu hija”. “Disfruta de la niña, que luego te arrepentirás”. “Tu hija es lo mejor que tienes”.
Quizás soy mala madre (quién no), pero además de cuidar a mi hija, me apetece cuidar de mi intelecto, de mis horas, de mi carrera, a mis amigos, mis vicios...
Le di tantas vueltas a qué guardería escoger, qué niñera escoger, qué reducción de jornada escoger. Y ahora resulta que solo tengo que escoger el jersey negro de cuello vuelto que me voy a poner hoy, ¿el mismo que ayer o cambio por uno limpio? Porque para llevar a la niña al parque no me pongo mis mejores galas: voy siempre vestida igual. (El apartado ‘look’ lo dejamos para otro día)
En internet es bestial. Al principio recibes cientos de apoyos de la gente más variopinta, desde las amigas del cole a las que hace mil años que no ves, hasta de la compañera que se sentaba a tu lado y que ni siquiera se despidió cuando te fuiste. Al principio. El tiempo lo diluye todo, gran tópico, y en Facebook pasas de tener decenas de comentarios a tus ocurrencias a no tener ni un mísero like cuando cuelgas una foto. ¡Y eso que es de tu hija! (El apartado ‘ostracismo social’ lo dejaremos también para otro día). ¿Y en twitter? Pasas desapercibido, nadie te nombra ni te retuitea ni te manda un mensaje. ¡Si ni siquiera tienes followers!
Es perverso, ¿verdad? Y no solo para mí.
martes, 27 de marzo de 2012
¿Rebajo mi currículum?
Buenas tardes Silvia,
lamento comunicarte que hemos cubierto la plaza en Barcelona para la cual te entrevisté.
Hemos finalmente incorporado una persona con un perfil más junior.
Te agradezco mucho tu interés y te deseo una pronta incorporación profesional.
Ojalá volvamos a coincidir en un futuro.
Muy atentamente,
xx
martes, 20 de marzo de 2012
#hijostrospidos
Hace ya unos cuantos años
que estudié en Siena gracias a una beca Erasmus. Era 1996 y cuando volví a
Barcelona me sucedió algo extraño: no entendía a nadie. Hablaban todos en una
jerga extraña, como salida de la nada. Jurjur, fistro, no puedor, hasta luego
lucas, ese caballo que viene de bonansaaa… Fue poco tiempo el que estuve fuera,
pero suficiente para perderme el nacimiento del lenguaje callejero inspirado en
Chiquito de la Calzada.
#hijostrospidos
Los idus de marzo
La peli del mes
#kony2012
La serie de la Pantoja
Qué hizo ayer el Barça
De dónde sale este Manuel Jabois
Cómo está Javier Espinosa, ha salido ya de Siria
De pronto no sabes nada, no te enteras de nada, vives en una burbuja.
Los gritos de los de Deportes
El Canal24h 24 horas emitiendo
El besamanos al director cada vez que se cruza con un jefe
‘Qué tenemos hoy, chicos de Internacional, quiero una
guerra’
Esa especie de distancia con los compañeros de sección
Lo que más odiabas de
trabajar en equipo es lo que más extrañas.
Qué libro me leo
A qué restaurante llevo a mi chico
Tener siempre internet a mano
El cigarrito en la puerta
Vestir a la moda
La sonrisa de tus amigos
Hay cosas que solo tienen sentido si compartes tu espacio laboral.
(Por cierto, se puede saber qué significa eso de hijostrospidos, ¡¿por favor?!)
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martes, 13 de marzo de 2012
Grotesque
Por Sergio Heredia
Al despertar, me he topado con una escena grotesca: retorcida sobre la cama, Silvia yacía bocarriba y en perpendicular, con una pierna sobre mi pantorrilla y la cabeza colgando del otro lado, sólo sostenida por su brazo. ¿Cómo puede mantenerse dormida en esa posición?, me he preguntado, antes de recordar un dato: desde hace algún tiempo, Silvia toma pastillas para dormirse. Y esa receta la tumba.
Al despertar, me he topado con una escena grotesca: retorcida sobre la cama, Silvia yacía bocarriba y en perpendicular, con una pierna sobre mi pantorrilla y la cabeza colgando del otro lado, sólo sostenida por su brazo. ¿Cómo puede mantenerse dormida en esa posición?, me he preguntado, antes de recordar un dato: desde hace algún tiempo, Silvia toma pastillas para dormirse. Y esa receta la tumba.
Su postura en la cama es tan grotesca como su situación personal. No puede trabajar, aunque conserva su puesto de trabajo (tiene una excedencia por maternidad, en realidad una suerte de excedencia forzosa). El puesto está en Madrid, a 600 kilómetros de distancia, pero hasta allí no puede irse porque en Barcelona le retiene Julia, nuestro bebé de trece meses. Como conserva el puesto, aunque no trabaje, no cobra ningún sueldo, ni tampoco ningún prestación por desempleo. Si quiere retocarse el pelo, tiene que pedirme dinero.
Y eso nos duele a todos.
Para comprender la situación, hay que conocer al personaje. Y quienes conocen a Silvia coincidirán en un dato: si algo es ella, aparte de una periodista de primera línea desconectada por las circunstancias, es una inconformista.
Así que no valen los discursos fáciles. A Silvia no le vengan con todo eso de:
-Bueno, así tendrás más tiempo para cuidar de tu hija.
-Yo no lo hice cuando mi pequeño era un bebé, y me arrepentiré siempre.
-No sé de qué te quejas, con lo mal que te trataban en el trabajo.
La grotesca postura de la bella durmiente ilustra el estado de las cosas. La contradicción de su situación: la sonrisa y la compañía del bebé son una bendición, pero no bastan. En un forzado estado de ocio, los días pesan y la ansiedad se suma, tensando el espíritu y el corazón, que no hallan reposo. Así que la mirada se apaga, los estados de ánimo suben y bajan de forma inopinada y las horas libres, esas horas libres que tanto deseamos los afortunados que conservamos nuestro puesto, son horas pesadas, una suerte de mochila cargada de piedras, algo que no sirve para nada.
La nada es desquiciante porque nos concede todo el tiempo del mundo, algo que nos lleva a perturbarnos. Y así, a Silvia se le comen las preguntas:
-¿Para qué estudié dos carreras?
-¿Para qué me concedieron una mención especial en un Premi Ciutat de Barcelona?
-¿Para qué me fui a una guerra, jugándome el cuello?
-¿Para qué me he pasado 13 años en mi empresa, invirtiendo horas y pasión?
-¿Para qué invertí meses y esfuerzo en una beca de altísimo nivel en Estados Unidos?
-¿Para qué hice todo eso, si luego, en un escenario tan retorcido como grotesco, iban a dejarme caer?
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martes, 6 de marzo de 2012
Rebelión
Hoy me he rebelado. No podía más, no podía soportar la falta
de normalidad en mi vida y he dado un golpe en la mesa. Fuerte. Me he rebelado,
sí, contra mi situación, contra mi falta de trabajo, de dinero, de tiempo y de
ganas. Y me he ido de compras.
Cuando supe que iba a tener un hijo, me dediqué a ahorrar.
No sabía por dónde empezar, siempre me costó llegar a fin de mes, así que abrí
una cuenta en ingdirect.es y fui depositando dinero cada mes. Al nacer la bebé
tenía un buen pasturrón en mi cuenta espacial. Lo bueno era, además, que si
quería algo, mis instintos, impulsivos a tope, tenían que esperar, porque tenía
que trasvasarme el dinero del espacio a la tierra.
Con todo, el dinero voló. Casi todo el dinero. Porque la
debacle profesional y personal llegó y mis gastos sufrieron un frenazo
descomunal (me ha salido un flequillo del susto…). Desde entonces, mis instintos
han dejado de ser impulsivos; creo que he logrado incluso no tener impulsos.
Hasta hoy, claro, que me he ido de compras dispuesta a gastarme los 200 euros
que previamente me había trasvasado del espacio a la tierra.
¿Qué si lo he conseguido? Quien se pregunte eso es que no me
conoce nada (aunque por lo que he visto últimamente, pocos son los que me
conocen).
Durante la baja maternal me encontré a mí misma viviendo en
un zona residencial en pleno centro de Madrid, con un pasturrón (me gusta
recordar los viejos tiempos) en la cuenta y todo el tiempo del mundo. Un bebé
que duerme mucho y llora poco no da trabajo. Así que me dediqué a pasearme la
ciudad, descubrirla de nuevo, desde otro punto de vista (no está adaptada a las
sillas de ruedas, debo decir, que lo mío con el cochecito es transitorio).
El
Retiro, la plaza de la Independencia, el barrio de las Letras, los Jerónimos,
el barrio de Salamanca con su calle Lagasca. Stop. Quien conozca un poco Madrid
sabrá que en la calle Lagasca se encuentra la mayor concentración mundial de
tiendas de ropa de bebé. Allí enloquecí yo: Mi pequeño Lucas, Normandie, Zara Home
Kids, Baby Deli, Mothercare… Mi ruina. A eso me dediqué: salía de casa para
comprarme unos vaqueros porque después de parir no me cabía ni uno y acababa
gastándome todo el oro en una rebequita talla 0-3. No podía evitarlo. Ah, de
paso caía también el vaquero, no se equivoquen…
Esos fueron mis sanos hábitos. Pero llegó el verano y con él
las malas noticias. Hasta hoy, que he recuperado mis costumbres y claro, además
de esos pantalones blancos que tenía enfilados desde que los vi anunciados, le
he comprado ‘algo’ a Julia. Rebelión, lo he llamado. PD: Estoy bien, señores, pero deben saber que esto es el blog de una parada. Si quieren leer cosas alegres, lean el blog de Tamara Falcó. Por ejemplo.
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lunes, 27 de febrero de 2012
Todo fue una farsa
Estoy aquí sentada en el jardín mientras mi hija hace que juega con otros niños, y me apetece charlar con Mayte. La madre de Tomás es muy simpática y tiene algo que me da confianza. Fuma, y fuma con su hijo delante de las abuelas, delante de los niños, en el parque. Mayte fuma y a mí me da confianza: no tiene nada que esconder. Por eso me lanzo y le cuento que estoy en una situación ‘complicada’ (esa es la palabra que suelo usar cuando me preguntan).
“Lo entiendo”, me dice, “yo no podría estar todo el día con los niños, me volvería loca. Ya con la reducción de jornada me cuesta. Y no te equivoques, que me encanta, pero es difícil. ¿Y lo de buscar curro? Está todo fatal”.
Y de pronto me vuelve a pasar. Me encojo, me hago pequeñita y termino casi excusándome.
Me cuenta Mayte que tiene un amigo que es periodista, un tipo que escribe muy muy bien. Y que logró trabajar de lo suyo cobrando un buen sueldo. Ahora ya no, apunta, ahora vuelve a cobrar poco. “Claro, él sigue escribiendo en varias revistas”, me dice, “pero es que escribe muy muy bien, es muy bueno”.
No se ha dado cuenta y lo ha hecho. Lo hacen todos y no se dan cuenta. Y yo me encojo hasta convertirme en una Silvia minúsucula que ni siquiera recuerda que cobraba por escribir.
Será que me lo merezco, si en el fondo nunca fue algo serio, si valieras no te faltaría curro, tía, tu empresa te hubiera apoyado, el director se hubiera negado a dejarte escapar. Te lloverían las ofertas. Si valieras. Pero en el fondo eras una farsante. Sabías que esto iba a terminar, que se darían cuenta de que no eras una buena periodista; ni siquiera periodista.
Tus amigos en la calle, no les cuentes lo que se les viene encima, pobres. ¡Para! Quédate en ese pensamiento, no avances un milímetro más. ¡Compadécete, no te lamentes!
Todo el mundo lo sabe, me miran y lo piensan: si no has encontrado trabajo es porque no eres buena. Es el terror a que te descubran.
No valías, tía, no valías una mierda. Todo fue una farsa.
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lunes, 20 de febrero de 2012
Adiós, mi Madrid querido
Todo sucedió así de golpe y así de golpe voy a contar cómo todo
sucedió.
Hacía tiempo que el calor apretaba en Madrid. Mi tiempo de
baja maternal ya se había consumido y entraba de lleno en los días de permiso
por lactancia. Después vendrían los días festivos que tenía pendientes y después
las vacaciones. A este tiempo decidí sumarle dos meses de permiso sin sueldo
que pedí a mi empresa para no incorporarme al trabajo en agosto, mes complicado
para un periodista que trabaja en la sección de Internacional.
Era un jueves del caluroso junio madrileño, y Sergio estaba
en el Abu Dabi con la ministra de Exteriores. Teníamos un plan para el día
siguiente, cumpleaños de mi marido: ir al Real a ver Le nozze di Figaro. Ya habíamos
contratado a una chica, una filipina joven y angloparlante, para que cuidara a
nuestra hija. En octubre, cuando yo volviera al trabajo, la risueña Marjorie se
iba a encargar de Julia y de la casa.
Era junio, decía, y en pleno calor llamó la dirección de su
periódico. ‘Tienes que incorporarte a cierre en julio y agosto, antes de tus
vacaciones, y tiene que ser en Barcelona’. ¿Qué hacemos? Pues decir que no, respondí,
a eso tenemos derecho, di que no, a ver qué pasa. Y no pasó nada. Absolutamente
nada. Así que nos fuimos a Barcelona a refrescarnos en la playa del calor madrileño.
Sergio volvió al trabajo y yo me quedé unos días más en
Barcelona. Solía hacerlo durante la baja maternal para que nuestros padres
pudieran ver más a la niña. Además, así lograba cansarme de estar siempre con
gente y me entraban ganas de volver a la soledad madrileña. A mi Madrid.
No he mirado el calendario y sé que no me equivoco. Ese día
era viernes. El primer viernes de julio. Y no hacía nada de calor. Sergio
estaba en Bilbao para un reportaje para el magazine de su periódico. Me llamó para
decirme que había vuelto a recibir la llamada. Esta vez sí había pasado algo: ‘Intolerable’
fue la palabra que oyó tantas y tantas veces. Le estaban esperando y no había
aparecido, algo que enfureció a la cúpula directiva que decidió, así de golpe, que
se acabó lo de Madrid que te vuelves a Barcelona que aquí hay mucho trabajo que
en Madrid sobra gente que estamos desesperados que faltan manos que economía
necesita más que…
Y yo en Barcelona sin ropa, pensé. Y la niña tiene pediatra
el lunes.
Si hubiera sabido. Pero qué va a saber nadie. Quién sabe que
perderá su trabajo antes de perderlo. Quién piensa en el paro cuando está de
baja maternal. Quién quiere mudarse cuando tiene niñera y pediatra.
Dejé pasar el tiempo esperando que todo fuera una pesadilla.
Despertarme, pensaba mientras daba vueltas en la cama.
Al final llegó el
momento de llamar, de mandar mails, de avisar, al fin y al cabo, a mis jefes:
no puedo vivir en Madrid, me tenéis que devolver a Barcelona de donde procedo. ‘Ojiplático’
es la palabra que oí tantas y tantas veces y que tantas y tantas veces sigo
oyendo.
No hubo manera. No encontraron la ecuación perfecta y sólo
apareció una salida: excedencia por maternidad. Esto es: tienes permiso sin
sueldo durante tres años con el derecho a volver a tu puesto de trabajo. En
Madrid.
Así de golpe pasó y así de golpe lo cuento: estoy en
Barcelona sin trabajo y sin dinero. Estoy buscando un trabajo que me permita
mantener la excedencia o un trabajo que me permita olvidarme de mi excedencia.
Estoy pidiéndole a mi empresa que me despida y me indemnice. Estoy sufriendo
insomnio, pena, ansiedad, melancolía. Y me acuerdo del pediatra de mi hija y
quiero llorar. Y recuerdo a Marjorie y quiero llorar. Y espero que llegue el calor
para meterme en el mar para gritar, gritar tan fuerte como me permita el cuerpo.
Y que nadie, nadie me oiga.
Un grito en la soledad y el silencio, un grito que me
devuelva, por favor, la paz, esa paz que solo me da el mar.
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