Estadísticas

lunes, 27 de febrero de 2012

Todo fue una farsa


Estoy aquí sentada en el jardín mientras mi hija hace que juega con otros niños, y me apetece charlar con Mayte. La madre de Tomás es muy simpática y tiene algo que me da confianza. Fuma, y fuma con su hijo delante de las abuelas, delante de los niños, en el parque. Mayte fuma y a mí me da confianza: no tiene nada que esconder. Por eso me lanzo y le cuento que estoy en una situación ‘complicada’ (esa es la palabra que suelo usar cuando me preguntan).  

“Lo entiendo”, me dice, “yo no podría estar todo el día con los niños, me volvería loca. Ya con la reducción de jornada me cuesta. Y no te equivoques, que me encanta, pero es difícil. ¿Y lo de buscar curro? Está todo fatal”.  


Y de pronto me vuelve a pasar. Me encojo, me hago pequeñita y termino casi excusándome.  


Me cuenta Mayte que tiene un amigo que es periodista, un tipo que escribe muy muy bien. Y que logró trabajar de lo suyo cobrando un buen sueldo. Ahora ya no, apunta, ahora vuelve a cobrar poco. “Claro, él sigue escribiendo en varias revistas”, me dice, “pero es que escribe muy muy bien, es muy bueno”.  


No se ha dado cuenta y lo ha hecho. Lo hacen todos y no se dan cuenta.  Y yo me encojo hasta convertirme en una Silvia minúsucula que ni siquiera recuerda que cobraba por escribir.  


Será que me lo merezco, si en el fondo nunca fue algo serio, si valieras no te faltaría curro, tía, tu empresa te hubiera apoyado, el director se hubiera negado a dejarte escapar. Te lloverían las ofertas. Si valieras. Pero en el fondo eras una farsante. Sabías que esto iba a terminar, que se darían cuenta de que no eras una buena periodista; ni siquiera periodista.  

Mientras, la crisis se lleva por delante a otro periódico. Y yo sudo y me da otra taquicardia.  


Tus amigos en la calle, no les cuentes lo que se les viene encima, pobres. ¡Para! Quédate en ese pensamiento, no avances un milímetro más. ¡Compadécete, no te lamentes!  

No puedo evitarlo, no puedo dejar de pensar en lo mismo: más periodistas en la calle, menos oportunidades para mí. Y ellos encontrarán trabajo y me volverá a pasar. Como cuando vi que Miqui firmaba en El País. Y Begoña en Fotogramas. Hay lugar para los jóvenes, ¿me he quedado viejuna? ¡Si Juan publica en EsModa! No es la edad, es el valor. Es la verdad.  


Todo el mundo lo sabe, me miran y lo piensan: si no has encontrado trabajo es porque no eres buena. Es el terror a que te descubran.  


No valías, tía, no valías una mierda. Todo fue una farsa. 

lunes, 20 de febrero de 2012

Adiós, mi Madrid querido


Todo sucedió así de golpe y así de golpe voy a contar cómo todo sucedió.

Hacía tiempo que el calor apretaba en Madrid. Mi tiempo de baja maternal ya se había consumido y entraba de lleno en los días de permiso por lactancia. Después vendrían los días festivos que tenía pendientes y después las vacaciones. A este tiempo decidí sumarle dos meses de permiso sin sueldo que pedí a mi empresa para no incorporarme al trabajo en agosto, mes complicado para un periodista que trabaja en la sección de Internacional.

Era un jueves del caluroso junio madrileño, y Sergio estaba en el Abu Dabi con la ministra de Exteriores. Teníamos un plan para el día siguiente, cumpleaños de mi marido: ir al Real a ver Le nozze di Figaro. Ya habíamos contratado a una chica, una filipina joven y angloparlante, para que cuidara a nuestra hija. En octubre, cuando yo volviera al trabajo, la risueña Marjorie se iba a encargar de Julia y de la casa.

Era junio, decía, y en pleno calor llamó la dirección de su periódico. ‘Tienes que incorporarte a cierre en julio y agosto, antes de tus vacaciones, y tiene que ser en Barcelona’. ¿Qué hacemos? Pues decir que no, respondí, a eso tenemos derecho, di que no, a ver qué pasa. Y no pasó nada. Absolutamente nada. Así que nos fuimos a Barcelona a refrescarnos en la playa del calor madrileño. 

Sergio volvió al trabajo y yo me quedé unos días más en Barcelona. Solía hacerlo durante la baja maternal para que nuestros padres pudieran ver más a la niña. Además, así lograba cansarme de estar siempre con gente y me entraban ganas de volver a la soledad madrileña. A mi Madrid.

No he mirado el calendario y sé que no me equivoco. Ese día era viernes. El primer viernes de julio. Y no hacía nada de calor. Sergio estaba en Bilbao para un reportaje para el magazine de su periódico. Me llamó para decirme que había vuelto a recibir la llamada. Esta vez sí había pasado algo: ‘Intolerable’ fue la palabra que oyó tantas y tantas veces. Le estaban esperando y no había aparecido, algo que enfureció a la cúpula directiva que decidió, así de golpe, que se acabó lo de Madrid que te vuelves a Barcelona que aquí hay mucho trabajo que en Madrid sobra gente que estamos desesperados que faltan manos que economía necesita más que…

Y yo en Barcelona sin ropa, pensé. Y la niña tiene pediatra el lunes.

Si hubiera sabido. Pero qué va a saber nadie. Quién sabe que perderá su trabajo antes de perderlo. Quién piensa en el paro cuando está de baja maternal. Quién quiere mudarse cuando tiene niñera y pediatra.

Dejé pasar el tiempo esperando que todo fuera una pesadilla. Despertarme, pensaba mientras daba vueltas en la cama. 

Al final llegó el momento de llamar, de mandar mails, de avisar, al fin y al cabo, a mis jefes: no puedo vivir en Madrid, me tenéis que devolver a Barcelona de donde procedo. ‘Ojiplático’ es la palabra que oí tantas y tantas veces y que tantas y tantas veces sigo oyendo.

No hubo manera. No encontraron la ecuación perfecta y sólo apareció una salida: excedencia por maternidad. Esto es: tienes permiso sin sueldo durante tres años con el derecho a volver a tu puesto de trabajo. En Madrid.

Así de golpe pasó y así de golpe lo cuento: estoy en Barcelona sin trabajo y sin dinero. Estoy buscando un trabajo que me permita mantener la excedencia o un trabajo que me permita olvidarme de mi excedencia. Estoy pidiéndole a mi empresa que me despida y me indemnice. Estoy sufriendo insomnio, pena, ansiedad, melancolía. Y me acuerdo del pediatra de mi hija y quiero llorar. Y recuerdo a Marjorie y quiero llorar. Y espero que llegue el calor para meterme en el mar para gritar, gritar tan fuerte como me permita el cuerpo. Y que nadie, nadie me oiga.

Un grito en la soledad y el silencio, un grito que me devuelva, por favor, la paz, esa paz que solo me da el mar. 

jueves, 16 de febrero de 2012

Sin identidad

Sé cómo y cuándo empezó todo. Estaba en la facultad de Psicología, no recuerdo cuál era la asignatura, pero sí el nombre del profesor: Carlos Moreno. Se había formado en Estados Unidos, lo que se notaba en sus métodos, que enloquecían al alumnado. Se notaba también en su forma de vestir: traje y corbata impolutos, media melena repeinada , buenos relojes y gafas de carey. Además, era guapote. Enloquecía a muchas.
Fui su alumna en Primero de carrera y lo volví a tener en Tercero. Fue entonces cuando todo comenzó, cuando ese amor nació, al parecer, para quedarse.
Carlos Moreno nos pidió a los alumnos que asistiéramos a obras de teatro, a conciertos, que visitáramos museos, exposiciones, que leyéramos libros, periódicos, revistas. La mayoría de los estudiantes nos lanzamos a la calle. Después de cada una de nuestras visitas, debíamos escribir una reseña.
La página en blanco: esa fue mi primera vez. La primera vez que me senté ante el ordenador con toda la información en la cabeza y todas las posibilidades abiertas. Y empezaron a brotar las palabras, mi cerebro bailaba en fiesta, mis ojos no parpadeaban, mis dedos tecleaban a la velocidad de la luz… no podía parar de disfrutar. La página en blanco se me antojaba perfecta; debía rellenarla con mis palabras, debía contar lo que sabía, debía…
“¡Es esto!”
Lo supe, supe que me había enamorado de una profesión, del periodismo, y decidí aprenderlo. El primer paso fue entregar al bueno de Carlos Moreno tantas reseñas como pude. Tantas, que tuvo que pedirme clemencia y moderación. El segundo paso fue terminar la carrera de Psicología y matricularme en Periodismo. El tercer paso, el definitivo, fue entrar por primera vez en una redacción. No hubo vuelta atrás.
Hasta ahora.
No tener empleo no es solo perder unos ingresos. Que nadie se equivoque. Lo que aterra es perder una vida. Perder tu identidad. Porque a mí, cuando me preguntaban, hasta hace seis meses decía: soy periodista. Ahora no sé qué decir. Y eso, cada vez que ocurre es un tremendo enredo. Ya ni siquiera atino al usar el pasado, el presente, qué sé yo…
¿Tiro mi carrera a la basura y busco trabajo de lo que sea? Oyes hablar de emprendedores. ¿Y si capitalizo el paro y monto algo?
Algo.
No es solo lo que sé hacer. Es lo que me gusta hacer. Pienso en momentos emocionantes de mi carrera y mi sangre deja de circular. Me paraliza el miedo.
“Nunca más volverás a trabajar en una redacción”. Repite conmigo, Silvia, “nunca más volverás a trabajar en una redacción”.
¿Seré capaz? ¿Seré capaz de vivir de otra manera? ¿Quién seré yo a partir de ahora? ¿Me gustará? ¿Me gustaré? ¿Le gustará a mi hija?

lunes, 13 de febrero de 2012

Un abismo insoportable

Hoy he conocido a Mariona, Mario y Mariluz. Tres niños de menos de dos años que han intercambiado juguetes y sonidos con mi hija, Julia, en el parque.


Hoy me he descubierto planchándole una camisa a mi marido y cantando ‘En Timmy es un xai petit i és molt aixerit’. La música de unos dibujos animados que emiten por las tardes.


Hoy, lunes, no tengo nada más que hacer.


Nunca imaginé que sería así. Porque no lo voy a negar, lo imaginé muchas veces: no trabajar, hmmm. Fantaseé con la idea, pensé incluso en lo perfecto que podría llegar a ser. No tener que madrugar, no tener obligaciones más que las impuestas por uno mismo, no tener que aguantar a los idiotas de tu trabajo, ni al tonto del jefe. No tener que coger el metro, ni el autobús, ni conducir hasta no sé dónde. No tener nada que hacer, eso se convertía en ocasiones en un canto de sirena en el que mi mente se entretenía.


Pues aquí lo tienes.


De pronto, el tiempo pesa de manera insoportable. Distingo el domingo del resto de días porque hay más gente en la calle. Espero los viernes con ansiedad, pensando en que mi marido, Sergio, tiene el fin de semana libre. Llega la noche del viernes y con ella la decepción. Porque sigo sin trabajo, sigue siendo lunes, o domingo, o no importa, todos los días son iguales.


Todos los días estoy enfadada. Crece una rabia contra todo que no se controla. Veo a los demás y sólo pienso: ‘tienen trabajo’. Y me distancio; nadie puede imaginar la distancia que se crea entre la gente que trabaja y la que no trabaja. Nadie, excepto los parados. Es un abismo insoportable, en el que florece una rabia que se come el resto y no permite siquera pensar. Mejor dejar de lado los pensamientos y dedicarse a poner la mente en blanco. Mejor dejar de lado los sentimientos y dedicarse a entrenar esa sonrisa amable.


Si yo solo quiero trabajar, no puede ser tan difícil.


Silvia, parece que es imposible.