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lunes, 13 de febrero de 2012

Un abismo insoportable

Hoy he conocido a Mariona, Mario y Mariluz. Tres niños de menos de dos años que han intercambiado juguetes y sonidos con mi hija, Julia, en el parque.


Hoy me he descubierto planchándole una camisa a mi marido y cantando ‘En Timmy es un xai petit i és molt aixerit’. La música de unos dibujos animados que emiten por las tardes.


Hoy, lunes, no tengo nada más que hacer.


Nunca imaginé que sería así. Porque no lo voy a negar, lo imaginé muchas veces: no trabajar, hmmm. Fantaseé con la idea, pensé incluso en lo perfecto que podría llegar a ser. No tener que madrugar, no tener obligaciones más que las impuestas por uno mismo, no tener que aguantar a los idiotas de tu trabajo, ni al tonto del jefe. No tener que coger el metro, ni el autobús, ni conducir hasta no sé dónde. No tener nada que hacer, eso se convertía en ocasiones en un canto de sirena en el que mi mente se entretenía.


Pues aquí lo tienes.


De pronto, el tiempo pesa de manera insoportable. Distingo el domingo del resto de días porque hay más gente en la calle. Espero los viernes con ansiedad, pensando en que mi marido, Sergio, tiene el fin de semana libre. Llega la noche del viernes y con ella la decepción. Porque sigo sin trabajo, sigue siendo lunes, o domingo, o no importa, todos los días son iguales.


Todos los días estoy enfadada. Crece una rabia contra todo que no se controla. Veo a los demás y sólo pienso: ‘tienen trabajo’. Y me distancio; nadie puede imaginar la distancia que se crea entre la gente que trabaja y la que no trabaja. Nadie, excepto los parados. Es un abismo insoportable, en el que florece una rabia que se come el resto y no permite siquera pensar. Mejor dejar de lado los pensamientos y dedicarse a poner la mente en blanco. Mejor dejar de lado los sentimientos y dedicarse a entrenar esa sonrisa amable.


Si yo solo quiero trabajar, no puede ser tan difícil.


Silvia, parece que es imposible.

1 comentario:

  1. Silvia, una vez me encontré con un hombre que me dijo: "¡Arturo, sabes que en la calle hay mucha gente?". "¡Pues claro que sí" le contesté. Nos despedimos y al cabo de un rato pensé en él. Años encerrado en un lúgubre edificio (aunque muy prestigioso) iendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Un trabajor infatigable y muy reconocido, pero que apenas conducía...Ese hombre es ahora tu suegro. No sé todo es tan simple y complicado a la vez.

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