Estadísticas

lunes, 21 de mayo de 2012

Personas, personajes, autocompasión y dolor

Todos vivimos en mundos muy pequeños. Y casi todos lo sabemos. Algunos, no obstante, se creen que su mundo particular es más importante que el resto. Estos suelen ser personas convertidas en personajes, incluso en caricaturas, que han perdido el rumbo de lo que algún día fue su vida. Mi mundo ha cambiado desde hace casi un año y medio. No solo por el nacimiento de mi hija, que influye, sino porque hace más de 16 meses que no trabajo en equipo. Ni jefes ni compañeros, ni broncas ni risas. Mi pequeño mundo se desvaneció. Tengo uno nuevo y, debo decirlo, mejor.

Todos aprendemos de los mundos en los que vivimos. Ahora mismo, he aprendido que soy una persona más fuerte, más independiente y más libre que hace meses. Soy menos personaje y más persona. Quizás sea menos interesante para los demás, pero me siento mucho más interesante para mí misma. Y eso, al fin y al cabo, es lo único que debería importarnos.

El 25 de abril de 2012 viajé a Madrid para firmar mi finiquito con El Mundo. La empresa se ha portado conmigo como parece que no se está portando con mis antiguos compañeros. Sin obligación y en contra de sus intereses, la compañía accedió a despedirme e indemnizarme, a dejarme volar libre. La libertad parece un concepto absurdo en estos momentos en los que un empleo se valora más que cualquier otra cosa. Error. Tener un trabajo es fundamental, cierto, pero tener un trabajo que te roba la vida no es necesario. Ahora, 15 años después trabajar como periodista en una redacción me he dado cuenta que me he perdido muchas cosas. Volveré a trabajar, que nadie lo dude, pero lo haré como y cuando yo considere.

Ser periodista y ser persona es, a veces, incompatible. En mi caso lo fue durante demasiado tiempo. Recuperé mi vida y perdí mi trabajo. Y ahora me estoy redescubriendo. Me gusta ir al cine, al teatro, a exposiciones y conciertos. Me gusta ir a correr con mi marido. Me gusta poder quedar para comer con la familia y alargar la sobremesa. Me gusta llegar a una cena de los primeros y poder tomarme una caña antes de que llegue todo el mundo. Me gusta poder planear un viaje a Madrid y pasear mi otra ciudad a unas horas en las que casi nunca estaba en la calle. El cielo de Madrid es demasiado bonito para verlo solo desde la calle San Luis. 

Cierro este cuaderno buscando las cosas buenas de no tener trabajo, que las hay, y son muchas. Cierro este cuaderno porque no quiero seguir nadando en la autocompasión. "Ay, las tentaciones de la autocompasión", escribe Jonathan Franzen en Libertad. "Tan placentera para ella, tan irresistible era que no podía evitar expresarla". Sigue: "¿De dónde salía esa autocompasión, en cantidad tan desproporcionada? Se mirara como se mirase, llevaba una vida de lujo. Todos los días disponía de la jornada entera para concebir una manera aceptable y satisfactoria de vivir, y sin embargo lo único que parecía sacar de todas sus opciones y toda su libertad era más desdicha. La autobiógrafa casi se ve obligada a extraer la conclusión de que se compadecía de sí misma por ser tan libre".

No soporto la autocompasión en los otros, menos la soporto en mí misma. Quería escribir un blog para que quienes no saben lo que es estar en paro lo supieran. Quería sacar la mierda de dentro para poder seguir respirando. Nada de lo que he escrito es exagerado, ni mentira, ni siquiera autocompasivo. Es estar en paro.

Cierro porque ofrecer mi dolor a los demás era desnudarse demasiado; muchos lo han entendido, lo han incluso celebrado, otros, sin embargo, lo han despreciado. El dolor propio es siempre aceptado, porque en nuestros pequeños mundos nosotros somos lo más importante. El dolor ajeno, ah, eso ya es otra cosa. Y si llega de otro pequeño mundo, de ese otro pequeño mundo que está peor que tú, que tiene más de persona que de personaje, entonces ese dolor apesta.

Cierro, como he dicho. Y lo hago con otra cita del mismo libro, Libertad. "Su existencia ahora desprendía un fuerte tufo a dolor, ese dolor atroz del que es mejor mantenerse a distancia; ese dolor perdurable que, como todas las formas de locura, resulta amenazador, posiblemente incluso contagioso".

Pues eso.

2 comentarios:

  1. Me alegro un montón de tu resolución, Silvia
    Un beso fuerte

    ResponderEliminar
  2. La bueno de los ciclos de la vida es que tienen un fin y un final. Y cada uno decide cuando han cumplido su función. Si tú has elegido que este es el momento, adelante. A mí me gusta tu prosa y me parece valiente, por exótica, la pornografía honesta del que se expone. Compartirlo o no, ser capaz de ello o no, es otra cosa. Beso!

    ResponderEliminar