Por Sergio Heredia
Al despertar, me he topado con una escena grotesca: retorcida sobre la cama, Silvia yacía bocarriba y en perpendicular, con una pierna sobre mi pantorrilla y la cabeza colgando del otro lado, sólo sostenida por su brazo. ¿Cómo puede mantenerse dormida en esa posición?, me he preguntado, antes de recordar un dato: desde hace algún tiempo, Silvia toma pastillas para dormirse. Y esa receta la tumba.
Al despertar, me he topado con una escena grotesca: retorcida sobre la cama, Silvia yacía bocarriba y en perpendicular, con una pierna sobre mi pantorrilla y la cabeza colgando del otro lado, sólo sostenida por su brazo. ¿Cómo puede mantenerse dormida en esa posición?, me he preguntado, antes de recordar un dato: desde hace algún tiempo, Silvia toma pastillas para dormirse. Y esa receta la tumba.
Su postura en la cama es tan grotesca como su situación personal. No puede trabajar, aunque conserva su puesto de trabajo (tiene una excedencia por maternidad, en realidad una suerte de excedencia forzosa). El puesto está en Madrid, a 600 kilómetros de distancia, pero hasta allí no puede irse porque en Barcelona le retiene Julia, nuestro bebé de trece meses. Como conserva el puesto, aunque no trabaje, no cobra ningún sueldo, ni tampoco ningún prestación por desempleo. Si quiere retocarse el pelo, tiene que pedirme dinero.
Y eso nos duele a todos.
Para comprender la situación, hay que conocer al personaje. Y quienes conocen a Silvia coincidirán en un dato: si algo es ella, aparte de una periodista de primera línea desconectada por las circunstancias, es una inconformista.
Así que no valen los discursos fáciles. A Silvia no le vengan con todo eso de:
-Bueno, así tendrás más tiempo para cuidar de tu hija.
-Yo no lo hice cuando mi pequeño era un bebé, y me arrepentiré siempre.
-No sé de qué te quejas, con lo mal que te trataban en el trabajo.
La grotesca postura de la bella durmiente ilustra el estado de las cosas. La contradicción de su situación: la sonrisa y la compañía del bebé son una bendición, pero no bastan. En un forzado estado de ocio, los días pesan y la ansiedad se suma, tensando el espíritu y el corazón, que no hallan reposo. Así que la mirada se apaga, los estados de ánimo suben y bajan de forma inopinada y las horas libres, esas horas libres que tanto deseamos los afortunados que conservamos nuestro puesto, son horas pesadas, una suerte de mochila cargada de piedras, algo que no sirve para nada.
La nada es desquiciante porque nos concede todo el tiempo del mundo, algo que nos lleva a perturbarnos. Y así, a Silvia se le comen las preguntas:
-¿Para qué estudié dos carreras?
-¿Para qué me concedieron una mención especial en un Premi Ciutat de Barcelona?
-¿Para qué me fui a una guerra, jugándome el cuello?
-¿Para qué me he pasado 13 años en mi empresa, invirtiendo horas y pasión?
-¿Para qué invertí meses y esfuerzo en una beca de altísimo nivel en Estados Unidos?
-¿Para qué hice todo eso, si luego, en un escenario tan retorcido como grotesco, iban a dejarme caer?
Guapa, más que grotesco suena a perverso, como todo ultimamente. No te voy a dar consejitos, harás un click y todo pasará. ESTO TAMBIÉN PASARÁ. Ánimo y palante
ResponderEliminarLo que es grotesco de verdad es ver el retroceso general.En muchos periódicos, y el mundo es uno de los punteros, se da paso a los juntaletras y lameculos, abrazafarolas antes que a los periodistas. Se ha logrado lo imposible, importa más el titular que la noticia.Los mediocres compran los puestos con "masters" en IESE, ESADE, pero el trabajo de campo, el saber escribir como tu, eso no se compra se ha de aprender. Y cuando los niñatos llegan al poder por "antiguedad" y no por meritocracia, aparecen los mediocres que siempre fueron, y lo primero que hacen es apartar a los que valen de verdad, a gente como tu.Los periódicos no venden menos sólo por la crisis, si no porque dejan perder a gente como tu...
ResponderEliminaray
ResponderEliminar