Hoy me he rebelado. No podía más, no podía soportar la falta
de normalidad en mi vida y he dado un golpe en la mesa. Fuerte. Me he rebelado,
sí, contra mi situación, contra mi falta de trabajo, de dinero, de tiempo y de
ganas. Y me he ido de compras.
Cuando supe que iba a tener un hijo, me dediqué a ahorrar.
No sabía por dónde empezar, siempre me costó llegar a fin de mes, así que abrí
una cuenta en ingdirect.es y fui depositando dinero cada mes. Al nacer la bebé
tenía un buen pasturrón en mi cuenta espacial. Lo bueno era, además, que si
quería algo, mis instintos, impulsivos a tope, tenían que esperar, porque tenía
que trasvasarme el dinero del espacio a la tierra.
Con todo, el dinero voló. Casi todo el dinero. Porque la
debacle profesional y personal llegó y mis gastos sufrieron un frenazo
descomunal (me ha salido un flequillo del susto…). Desde entonces, mis instintos
han dejado de ser impulsivos; creo que he logrado incluso no tener impulsos.
Hasta hoy, claro, que me he ido de compras dispuesta a gastarme los 200 euros
que previamente me había trasvasado del espacio a la tierra.
¿Qué si lo he conseguido? Quien se pregunte eso es que no me
conoce nada (aunque por lo que he visto últimamente, pocos son los que me
conocen).
Durante la baja maternal me encontré a mí misma viviendo en
un zona residencial en pleno centro de Madrid, con un pasturrón (me gusta
recordar los viejos tiempos) en la cuenta y todo el tiempo del mundo. Un bebé
que duerme mucho y llora poco no da trabajo. Así que me dediqué a pasearme la
ciudad, descubrirla de nuevo, desde otro punto de vista (no está adaptada a las
sillas de ruedas, debo decir, que lo mío con el cochecito es transitorio).
El
Retiro, la plaza de la Independencia, el barrio de las Letras, los Jerónimos,
el barrio de Salamanca con su calle Lagasca. Stop. Quien conozca un poco Madrid
sabrá que en la calle Lagasca se encuentra la mayor concentración mundial de
tiendas de ropa de bebé. Allí enloquecí yo: Mi pequeño Lucas, Normandie, Zara Home
Kids, Baby Deli, Mothercare… Mi ruina. A eso me dediqué: salía de casa para
comprarme unos vaqueros porque después de parir no me cabía ni uno y acababa
gastándome todo el oro en una rebequita talla 0-3. No podía evitarlo. Ah, de
paso caía también el vaquero, no se equivoquen…
Esos fueron mis sanos hábitos. Pero llegó el verano y con él
las malas noticias. Hasta hoy, que he recuperado mis costumbres y claro, además
de esos pantalones blancos que tenía enfilados desde que los vi anunciados, le
he comprado ‘algo’ a Julia. Rebelión, lo he llamado. PD: Estoy bien, señores, pero deben saber que esto es el blog de una parada. Si quieren leer cosas alegres, lean el blog de Tamara Falcó. Por ejemplo.
Cualquier día de estos me rebelo contigo, claro que antes tendría que ahorrar y luego quedarme en el paro. No, millor no em rebelo, ja en vaig tenir prou...
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